
Parecía que este año no quería cumplir con su visita de rigor, pero si, por fin, entrando de puntillas, sin dejar desperezase a uno, llega el dulce otoño plagado de marrones y grises, con olor a tierra mojada que te sacude en la nariz una mañana plomiza, con impaciencia porque el frío sea de verdad para que el calor de la chimenea y el whisky desate las lenguas y los pensamientos hasta esas altas horas en las que las vergüenzas se quedan colgadas en el perchero... Momentos de Joaquín e Ismael retumbando en la conciencia mientras la mirada se queda fija en el chisporroteo de las llamas y los pensamientos se fugan con el humo al pais de los perdidos, porque eso es lo que parecemos cuando somos embaucados por el principe maligno de las astillas. Llegó el tiempo de crear para los que tienen un trozo de la calle melancolía alojado en el corazón, para gozar de la tibieza de las sábanas por la mañana abrazando al amor, para reirse de la lluvia que quiere entrar por la ventana y no puede, para fascinarse por la amenaza de la luz lejana con dulce melodía atronadora, para la copa de anís vacía, para desempolvar la espátula de rabo largo, para que la cabritillas corran libres camino de las rodillas, para seguir diciendo que hay que comprar un par de barajas nuevas... para sentirte, corazón. Bienvenida seas, hoja caduca.