
Suena el despertador y el calor de las sábanas ejercen un efecto imán sobre las inexorable necesidad de levantarme. Lucho, denodadamente, con todas mis fuerzas, pero al final gana la dura realidad y consigo zafarme de las garras de Morfeo. El frío que nos azota en estos días hace que me despeje con despiadada rapidez y comienza el día con la sonrisa de mi mujer cuando nos disponemos a desayunar. El perro me mira con cara de urgencia, suplicando que le ponga una cadena en el cuello... curioso. Nos vamos de paseo y ocurre una cosa curiosa... A mi mente llega, como el recuerdo lejano de algo vivido, una imagen imposible, por lo reciente que la siento. Recapacito e intento conservar la imagen en mi mente, lanzándole un lazo para que no se escape... Pero el lazo, que en un principio era de firme maroma, va adelgazando poco a poco, hasta convertirse en el fino hilo de algodón de azúcar que termina por quebrarse... Entonces comienzo a buscar desesperado en el desván de mi cabeza, detrás de cajas mal colocadas, de cachivaches inservibles, de álbumnes de fotos color sepia, de billetes de tren que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos... Y por fin la encuentro, pero ya no es igual, no es tan fresca, no es tan viva, no tiene el mismo aroma de tierra mojada. Pero es la imagen, sin duda. Estos cambios se deben a que el retazo del recuerdo primitivo de la primera impresión de la imagen, hace que cuando la busco, encuentre algo que ya tenía, creando un recuerdo a mi medida. Pero es la imagen, sin duda. Y empiezo a enlazarla con nuevas imágenes que aparecen como la gota de agua que cae de un grifo mal cerrado, comenzando así la historia... Me veo volando, despacio, con tranquilidad, a unos 20 metros del suelo, sobre prados de trigo amarillo, con alguna encina salteada dando color al campo y con un dulce arroyo de aguas transparentes serpenteando con alegría y entre adelfas y juncos, custodiado por una fila imponente de álamos. El sol es fuerte pero no quema, da claridad pero no deslumbra y el cielo despejado hace que me sienta imparable, capaz de recorrer en los brazos de Eolo todos los rincones de la tierra... y se acabó. Me queda el sabor agrio de no poder seguir volando por los prados, pero también el sabor dulce de haber notado el la cara la velocidad del aire, haciendo que me corriesen las lágrimas por culpa del viento... Que bonito es soñar, pero más bonito es poder recordarlo y disfrutarlo en "la realidad"